Por Nancy Moreno
Sigmund Freud es uno de los pensadores que transformaron de manera radical la comprensión del ser humano. Su obra es tan relevante como la de Nicolás Copérnico y la de Charles Darwin, cuyas teorías introdujeron desplazamientos decisivos en la forma de concebir el lugar del hombre en el mundo. El propio Freud señala que el narcisismo universal —el amor propio de la humanidad— ha sido afectado por una serie de desarrollos científicos que cuestionan su pretendida centralidad. Copérnico mostró que la Tierra no se encuentra en el centro del universo, lo cual produjo un cambio en la posición del hombre en la cosmovisión occidental. Posteriormente, Darwin inscribió al hombre en la continuidad de la vida animal; lo descentró de la creación y lo incorporó al orden biológico. En esta misma línea, Freud produjo una nueva ruptura al sostener que el sujeto no es dueño de sí mismo. Con la formulación del concepto de inconsciente, cuestiona la idea de una conciencia transparente y soberana que gobierna la vida anímica, estableciendo así una nueva forma de entender el psiquismo humano.
La genialidad de Freud radica en la invención del psicoanálisis como método clínico y, más importante aún, en haber articulado una teoría compleja, coherente y en constante transformación sobre el funcionamiento psíquico. Uno de los aspectos más notables de su pensamiento es su carácter abierto: lejos de construir una teoría cerrada o dogmática, la teoría freudiana se presenta como un campo en permanente elaboración. El propio Freud fue uno de los lectores más críticos de su obra; revisó, corrigió y reformuló sus hipótesis a lo largo de su vida, lo que muestra su rigor intelectual. Más que aferrarse a sus primeras formulaciones, permitió que su experiencia clínica y su reflexión teórica transformaran sus propios postulados.
Esta apertura teórica, pero rigurosa, ha permitido el desarrollo y la evolución del psicoanálisis como una disciplina viva. Freud no nos heredó una doctrina, sino una estructura conceptual susceptible de ser interrogada, ampliada, resignificada y reelaborada por las generaciones posteriores. En este sentido, además de sus textos, su legado también radica en sus conceptualizaciones, las cuales continúan produciendo efectos en distintas corrientes del pensamiento psicoanalítico contemporáneo, tanto en la teoría como en la clínica.
En la actualidad, la relevancia de la obra freudiana es innegable. Sus conceptos siguen siendo fundamentales para comprender los fenómenos clínicos contemporáneos como el malestar subjetivo, los síntomas físicos que no alcanzan a ser explicados por la medicina, las dinámicas del deseo, la compulsión a la repetición, los conflictos inconscientes y la destructividad inherente al ser humano. En un contexto contemporáneo en el que prevalece la inmediatez, la medicalización excesiva, la pérdida de la subjetividad y las explicaciones reduccionistas de la conducta humana, el psicoanálisis freudiano ofrece una vía para reflexionar acerca de la complejidad y contradicción propias de lo humano, así como para restituir la subjetividad a través de la palabra.
Al articular una teoría sobre el psiquismo, Freud también diseñó un método para abordarlo, basado en la palabra, la escucha y la interpretación. Este método supuso un cambio significativo en las prácticas médicas de su época, ya que, más allá de situar el síntoma como un simple desajuste o reacción, lo teorizó como una formación con sentido, susceptible de ser descifrado. Hoy en día, este enfoque todavía influye en diversas prácticas clínicas y en otras disciplinas que reconocen la importancia de la subjetividad en el sufrimiento humano, incluso fuera del psicoanálisis.
Considerar a Freud como un genio no implica idealizarlo ni eximirlo de cuestionamientos. Al contrario, implica reconocer la magnitud de sus aportes, que transformaron la forma de concebir la subjetividad humana. Leerlo es una tarea vigente y necesaria, pues su legado abre un modo de pensamiento, que permite acercarnos a la comprensión de la complejidad y contrariedad del ser humano.
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